23/2/11

Vasconcelos, promotor de la lectura

José Vasconcelos, el mejor secretario de Educación Pública que ha tenido México, sabía que el acceso al libro era prioritario para superar el analfabetismo y la ignorancia.
Qué caso tiene que la gente sepa leer sino tiene libros (de calidad) para hacerlo, se planteaba con impecable claridad el educador.
Por eso la edición de libros fue la prioridad tanto en su rectorado en la entonces Universidad Nacional de México como en la titularidad de Educación Pública.
Vasconcelos impulsó una colección de 17 clásicos (de los 50 originalmente proyectados), entre los que se incluyeron las épicas homéricas Ilíada y Odisea, las tragedias de Esquilo y Eurípides, los Diálogos de Platón, las Vidas paralelas de Plutarco, las Eneadas de Plotino, la Comedia de Aligheri, el Fausto de Goethe, etcétera.
Tan memorable como la colección anterior resultan las antologías Lecturas clásicas para niños y Lecturas para mujeres, preparada ésta por Gabriela Mistral.
Sobre Lecturas clásicas para niños, glosa Felipe Garrido en una conferencia pronunciada el 8 de octubre de 2009 en la Academia Mexicana de la Lengua, durante un homenaje a Vasconcelos:
"Los dos tomos de Lecturas clásicas para niños son uno de los más hermosos libros que se han producido en México. Se quería ofrecer un manual de lectura que no quedara por debajo de las posibilidades de la imaginación infantil. Dice el Prólogo que la obra incluye 'las más bellas ficciones que han producido los hombres'.
"Los textos fueron seleccionados y adaptados por dos equipos de redactores. En el primer tomo, Gabriela Mistral, quien tenía 33 años en 1922; Palma Guillén, con 24; Salvador Novo, que era el más joven de todos, con 18 años, y José Gorostiza, de 19. En el segundo, Jaime Torres Bodet, que tenía 20; Francisco Monterde, con 28; Xavier Villaurrutia, de 19, y Bernardo Ortiz de Montellano, de 23. Las primorosas ilustraciones son de Roberto Montenegro, el mayor de todos, con 35 años –sin contar a Vasconcelos, que tenía 41–, y Gabriel Fernández Ledesma, de 22. Otros jóvenes como ellos se ocupaban de reconstruir el país [...]
"Los dos tomos incluyen leyendas de la India; cuentos de Las mil y una noches; pasajes bíblicos; episodios de la mitología griega, de la Ilíada y de la Odisea; el Cid y el Quijote; leyendas francesas y alemanas de la Edad Media; un milagro de San Francisco de Asís; El rey Lear y La tempestad; cuentos de hadas; leyendas prehispánicas; episodios del descubrimiento de América y la caída de Tenochtitlan; vidas de los insurgentes de Iberoamérica; cuentos de Tolstoi, Wilde, Tagore y Schwob. La literatura del mundo, seleccionada, adaptada e ilustrada por una chilena y nueve mexicanos."
Dice también Garrido:
"Volver la vista al pasado nos obliga a evaluar el presente. Contrasta aquella proporción con la que existe en las actuales Bibliotecas de Aula, donde 80 de cada cien libros son de escritores, adaptadores, traductores, ilustradores y diseñadores extranjeros. En este programa, el gobierno mexicano ha dado la espalda a los artistas e intelectuales mexicanos, para patrocinar a intelectuales y artistas que viven y trabajan en otras naciones. Las Bibliotecas de Aula son un programa suicida. Un programa que contradice el empeño de Vasconcelos y de los jóvenes que lo rodeaban por construir un país próspero y soberano."
El plan de lectura de Vasconcelos –con la reproducción de miles de ejemplares de clásicos, antologías, manuales y tratados desde las imprentas oficiales– encrespó a más de un editor comercial que acusó competencia desleal del gobierno.
Vasconcelos solía replicar a los dueños de las editoriales que sus materiales formarían lectores de los que luego se beneciarían ellos.
¿Qué nos lega esta experiencia de Vasconcelos? Que la obligación de un Estado es acercar libros de calidad a la población, sin escatimar en esfuerzos ni recursos; que los programas de fomento a la lectura deben centrarse no tanto en la cantidad, sino en la calidad de lo que se lee, y que mientras los materiales de lectura no lleguen a cada escuela, lugar de trabajo y hogar persistirán el analfabestismo funcional, el consumo de publicaciones chatarras y la predominancia de la basura audiovisual.
"¿Cuándo tendrá México los lectores que necesita?", se pregunta Felipe Garrido. "Cuando la Secretaría de Educación Pública reconozca que no es suficiente con alfabetizar a la población que cursa los diez años de educación obligatoria. Cuando la Secretaría de Educación Pública decida que su tarea no está completa si esos diez años de estudio no tienen como resultado lectores formados".

16/2/11

Que el libro aún viaja en Metro... pero paga boleto

En un post anterior escribí que las autoridades capitalinas suspendieron de manera miope la exitosa campaña "Para leer de boleto en el Metro"; sin embargo, no fue así.
Esta semana se anunció la reactivación del programa con la publicación de la antología número 11, que incluye textos de Fernando del Paso, Rafael El Fisgón Barajas, Malva Flores, Rolo Diez, Agustín Ramos, Ethel Krauze, Thomas Urtusuástegui, Cristina Rivera Garza y Efraín Bartolomé. Sólo que en esta ocasión los ejemplares no se dejarán así nomás, a la buena de Dios, sino un custodio entregará el volumen a cambio de cualquier otro libro, el que sea.
“Ahora se van a intercambiar (los ejemplares de la decimoprimera antología) por otros libros. Antes se prestaban, pero el usuario no los devolvía, y en dos semanas ya no había antologías. Entonces, ahora con el apoyo de los jóvenes de la Ola Naranja, vamos a tener intercambios; es decir, los usuarios del Metro tendrán que llevar un libro de literatura o antología anterior, y nosotros lo intercambiaremos por otro texto”, expone Eduardo Clave, coordinador de Fomento a la Lectura de la Secretaría de Cultura, según un despacho de Notimex.
Esta nueva forma de operar del programa, añade, responde a que antes los usuarios se llevaban las publicaciones y no las devolvían.
“No es un control, es un intercambio, para que siempre existan textos disponibles”, justifica. “Un gobierno de izquierda, derecha o centro no puede tolerar y permitir que se roben las cosas. Si tú las das en calidad de préstamo y no te las devuelven se las están robando. Mucha gente dice: ‘Está bien que se los lleven a su casa y que luego les den otros’. Pues sí, pero estás sentando un precedente muy malo. Los libros no se deben robar; hay que tenerle(s) un respeto, porque hay alguien que lo(s) escribió y hay alguien que tiene que pagar, hay alguien que lo compró. Al final es un uso para todos los usuarios del Sistema de Transporte Colectivo. Además son (del) dinero del erario, para todos los ciudadanos, no para que unos cuantos ses los queden.”
El artículo 15 de la Ley de Fomento a la Lectura y el Libro del Distrito Federal indica que en la Ciudad de México se establecerán "las medidas necesarias para que en todo transporte público, concesionado y no concesionado, se privilegie la lectura por sobre los anuncios comerciales y se distribuyan libros sin costo".
Al exigir la entrega de la antología de "Para leer de boleto en el Metro" a cambio de otro libro se rompe el principio de gratuidad que estipula esa ley.
Pero en un gobierno de izquierda, derecha o centro es posible el capitalismo salvaje.

9/2/11

Cuando el libro viajaba en Metro

Estoy convencido de que el problema de los bajos índices de lectura en México se debe, además de las erráticas políticas oficiales, a la inaccesibilidad del libro en el país.
En todo el territorio nacional hay, si acaso, mil 500 puntos de venta de libros (incluidos librerías públicas, privadas y universitarias, y cadenas comerciales), algo así como uno por cada 7 mil 300 habitantes.
De las bibliotecas mejor ni hablamos.
¿Cuántas misceláneas hay en el país que viven sobre todo de la venta de alimentos chatarra? No lo sé, pero sin duda más de una por cada 7 mil 300 habitantes. Es más: hasta la primaria más marginada de la Ciudad de México tiene su “cooperativa” que ofrece estos productos.
En casi todos los centros colectivos –entiéndase empresas, escuelas o espacios públicos– hay una máquina expendedora de refrescos y alimentos industrializados, pero no hay un artefacto similar en el que por unas monedas se despache un libro.
Que cuando la gente tiene acceso al libro lee lo demuestran experiencias como la campaña “Para leer de boleto en el Metro”, que se inició en 2004, pero que por la consabida miopía oficial se mantiene suspendida de 2009 a la fecha.
En los cinco años que funcionó esta campaña impulsada por la Secretaría de Cutura de la Ciudad de México se editaron 10 antologías de cuento, poesía, teatro y crónica, con un tiraje total de un millón 450 mil ejemplares, que se ponían a disposición de los usarios del Sistema de Transporte Colectivo-Metro en las entradas de las estaciones con más afluencia.
Se supone que la dinámica consistía en que el usuario del Metro tomara una antología, la leyera en el trayecto y luego la depositara en un espacio determinado a la salida de la estación para que otro la tomara. Lo cierto es que pocos se ciñeron a esas reglas y a los pocos días de exhibidos los ejemplares se esfumaban.
Aun así, la Secretaría de Cultura calcula que, en conjunto, 6 millones de personas accedieron a esos materiales de lectura.
La originalidad de este programa de fomento a la lectura llevó a gobiernos de ciudades españolas, colombianas, brasileñas y costarricenses a conocer el proyecto para replicarlo en sus respectivas urbes.
Más aún, la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica consideró el plan “una de las iniciativas de fomento a la lectura más innovadoras y con mayor impacto” en la región.
El éxito de “Para leer de boleto en el Metro” llevó al Gobierno del Distrito Federal a emprender variantes, como “Sana, sana... leyendo una plana”, consistente en acercar antologías de textos literarios a pacientes de hospitales para que lean durante su convalecencia; “Letras en guardia”, para los policías capitalinos, y “Letras en llamas”, para los bomberos.
Así como periódicos gratuitos, como Publimetro, subsisten de la publicidad, ¿no podría el gobierno asegurarse unos patrocinadores que subvencionaran antologías que se regalaran en espacios públicos? Verían cómo los niveles de lectura mejorarían.
Pero esos son sueños guajiros. La lectura, en realidad, no es prioridad de nuestros gobernantes.

Antologías de "Para leer de boleto en el Metro":
http://www.cultura.df.gob.mx/Enlaceindex.php/component/content/article/305-antologias-de-boleto

Antologías de "Sana, sana... leyendo una plana":
http://www.cultura.df.gob.mx/index.php/component/content/article/68-fomento/148-sanasana
Antologías de "Letras en guardia":
http://www.cultura.df.gob.mx/index.php/component/content/article/68-fomento/149-letrasguardia
Antologías de "Letras en llamas":
http://www.cultura.df.gob.mx/index.php/component/content/article/68-fomento/283-letras-llamas

2/2/11

En defensa de los clásicos

Aunque los clásicos se defienden solos, la tendencia actual a proscribirlos de las aulas, bajo el supuesto de que son inaccesibles a niños y adolescentes, nos obliga a recordar su importancia en la educación no sólo literaria, sino también humanística.
Y quien mejor que un amante de los clásicos, Carlos García Gual, para recordarnos lo que a veces se olvida.

El viaje sobre el tiempo o la lectura de los clásicos*
Carlos García Gual
Creo que el eclipse de las humanidades
en su sentido y su carácter primarios implica el eclipse de lo humano
en la cultura y sociedad de hoy.
George Steiner
Primero
Algunas palabras están tan desgastadas por la retórica oficial que parece bastante difícil usarlas con un significado escueto y preciso. Así ocurre, pienso, cuando hablamos de " Humanidades", del "Humanismo", o del "Clasicismo". Todo el mundo parece estar un tanto a priori y con énfasis teórico a favor de su fomento académico, pero son en realidad muchos menos, me parece, quienes creen y confían, con motivos claros, en su valor en la educación postmoderna y en esta sociedad de hoy.
Pero no es este el momento de esbozar una defensa de las Humanidades. Nos podría llevar, me temo, a una vaga polémica que es mejor dejar para otros foros y audiencias. Intentaremos modestamente esquivar las formulaciones de tonos retóricos. Tomemos un principio sencillo para nuestra reflexión actual: destaquemos sin más la conexión fundamental entre educación humanista y lectura de ciertos textos memorables. Podemos comenzar, pues, por este dato obvio: el prestigio y la pervivencia de los autores llamados clásicos aparecen como el eje y la sustancia de las Humanidades tradicionales, y en sus textos se configura el camino real de acceso a la gran tradición humanista de la cultura europea. Su legado se recupera en esa práctica repetida de lectura y comentario de sus escritos. Esa interpretación y relectura es esencial en la pervivencia de los clásicos.
El arte de leer y reinterpretar esos textos inolvidables desde nuestra perspectiva sigue siendo todavía el más sólido e ineludible fundamento de la famosa formación humanística. Pero es una educación que, sin embargo, en el contexto de la sociedad actual, sociedad de consumo y de orientación tecnológica, está marginada y angustiosamente amenazada por presiones pragmáticas, urgencias sociales y modas pedagógicas. De modo que la enseñanza de Humanidades en un tiempo prestigiosa, edificada sobre la reflexión y el reencuentro con los textos clásicos, textos ilustres y un tanto antiguos, está en honda y extensa crisis. Tal vez se nota más en nuestras aulas, pero no se trata sólo de un fenómeno escolar, evidentemente. Se trata de una crisis amplia de la lectura, y de la relación con el pasado. Es el pasado mismo quien ha perdido prestigio. Es un fenómeno social y cultural de larga repercusión, una crisis que se ha comentado repetidamente y desde tribunas y ópticas diversas.

Segundo
Pero volvamos a los clásicos, y comencemos con una fácil observación. En definitiva lo que ha consagrado y define como clásicos a unos determinados textos y autores, es la lectura reiterada, fervorosa y permanente de los mismos a lo largo de tiempos y generaciones. Clásicos son aquellos libros leídos con una especial veneración a lo largo de siglos. Escribía Borges al respecto:
Clásico no es un libro, lo repito, que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidos por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.
Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”.
Un libro clásico, podemos decir parafraseando a Borges, es un libro leído con un especial respeto, con una veneración y atención especial, es un texto que nos resulta enormemente sugestivo, un texto que invita a nuevas relecturas. Italo Calvino en un estupendo ensayo, recogido en su libro Por qué leer a los clásicos, daba catorce definiciones de esos textos y de las buenas razones para volver a leerlos. Me gusta destacar especialmente la que dice:
"Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir".
Acaso ahí reside el misterioso atractivo fundamental de esos textos: en su inagotable capacidad de sugerencias. Invitan a un diálogo renovado. Siempre se puede encontrar en ellos algo nuevo, sugerente y aleccionador. Frente a tantos y tantos libros sólo entretenidos, ingeniosos, eruditos, o muy doctos, pero de un sólo encuentro, frente a tantos papeles de usar y tirar, como la prensa periódica y los folletos informativos, los textos literarios se definen por admitir más de una apasionada lectura. Y, entre éstos, los clásicos son los que admiten e invitan a relecturas incontables.
Son esos textos a los que uno puede una y otra vez volver con confianza y alegría, como uno retoma la charla con viejos amigos, porque conservan siempre algo más para decirnos y algo que vale la pena rescatar en nuevas relecturas. Tienen la virtud de suscitar en el lector íntimos ecos; es como si nos ofrecieran la posibilidad de un diálogo infinito. Por eso, pensamos, perduran en el fervor de tantos y tan distintos lectores. Son insondables, inagotables, y en eso se parecen a los mitos más fascinantes, en mostrarse abiertos a nuestras preguntas y reinterpretaciones.
Podríamos calificar a los libros clásicos como "la literatura permanente" -según frase de Schopenhauer-, en contraste con las lecturas de uso cotidiano y efímero, en contraste con los best sellers y los libros de moda y de más rabiosa actualidad. Suelen llegarnos rodeados de un prestigio y una dorada pátina añeja; pero son mucho más que libros antiguos, aureolados por siglos de polvo. Conservan su agudeza y su frescura por encima del tiempo. Son los que han pervivido en los incesantes naufragios de la cultura, imponiéndose al olvido, la censura y la desidia. Algo tienen que los hace resistentes, necesarios, insumergibles. Son los mejores, libros "con clase", como sugiere la etimología latina del adjetivo classicus.
Es nuestra capacidad de lectura personal, esa actitud a la par receptiva y activa de la inteligencia e imaginación ante las palabras escritas por otro, alguien más o menos lejano, la que recobra en el texto una clara plenitud de sentido y abre con él un diálogo imaginario. Leer es algo muy distinto a lo que nos cuenta el capítulo 10 del Apocalipsis que hizo el profeta ante el libro abierto traído de los cielos por el séptimo ángel. Entonces, según el famoso texto, cumpliendo una orden del cielo, Juan tomó el libro abierto de las manos del ángel y se lo comió de un bocado. Y se quedó dispuesto a seguir profetizando con una reciclada e impetuosa inspiración divina. La digestión del sagrado texto -dulce en los labios y amargo en el vientre, según se dice allí- no se parece a la operación de comprender e interpretar una lectura. Esa ingestión se parece algo más a cuando metemos en el ordenador alguna información en un disquete, por ejemplo. Leer es algo muy distinto. Es resucitar, a partir de los signos escritos, imágenes y razones, y redescubrir así, a partir de la interpretación del texto, el mensaje cifrado en familiares letras, que un autor nos envía del pasado, más o menos lejano. Y a partir de esas líneas leídas, sobre el silencio de la escritura, el lector recrea el sentido de las palabras resonantes.
Los autores clásicos son quienes han dejado en sus libros, en sus textos de larga tradición, los mensajes más perdurables y las palabras de mayor fuerza poética. Son los intérpretes privilegiados de la fantasía y la condición humana cuyas voces lejanas podemos escuchar gracias a sus escritos. Mediante el lenguaje el ser humano puede ejercitar la imaginación y la memoria en viajar al pasado y en la previsión del futuro. La escritura facilita enormemente esos viajes sobre el tiempo. Con la imaginación y la memoria podemos evadirnos del presente inmediato, saltar por encima de las circunstancias y situarnos junto a esos escritores antiguos. Gracias al lenguaje, gracias a la escritura y al arte de leer.

Tercero
Pero eso no significa que esos textos se sitúen más allá de la historia , sino que su recepción, su fulgor y permanencia dependen de la estima más o menos constante de sus lectores y ,por lo tanto, de las alternativas del gusto. Si se han mantenido como clásicos es porque siguen diciendo algo valioso a muchos, como una parte del "capital cultural" de una lengua o una nación o una cultura. Pero en la lealtad del lector hacia esos textos y su apreciación hay aspectos subjetivos e históricos que no debemos olvidar. Existe una valoración variable en el canon de los clásicos. Cada época tiene los suyos, y si me permiten la imagen diría que las cotizaciones de la bolsa literaria tiene subidas y bajadas, más bien un tanto lentas. Podríamos poner muchos ejemplos de autores que un día formaron parte del selecto grupo y luego han decaído como, por ejemplo, el buen Plutarco, el sentencioso Séneca, o el fabuloso Ariosto. Porque, insistamos de nuevo, son los encuentros del texto y los lectores, esos diálogos que el lector renueva con su atención, comprensión e imaginación, lo que da vida y descongela, por decirlo así, las palabras e imágenes codificadas del texto. Son las generaciones de lectores las que eligen a los clásicos, y en esa elección hay una dosis innegable de simpatía y de amor. Algo que los textos suscitan, reclaman y merecen, y que debe chispear y vibrar en el encuentro, pero que puede perderse y es siempre como una aventura personal.
Cito de nuevo a Calvino: "Si no salta la chispa, no hay nada que hacer; no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después a "tus" clásicos. La escuela está obligada a darte conocimientos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela".
Volveré luego a la advertencia, apuntada en estas líneas, sobre la función de la escuela en las lecturas de los clásicos. Antes me gustaría detenerme un momento en algo que todos sabemos: leer a fondo y bien requiere tiempo, atención y disciplina.

Cuarto
El arte de la lectura, como comentara en un claro ensayo Pedro Salinas, es cada vez más difícil. Requiere tiempo, silencio, y una cierta disposición interior. Hoy, en nuestra civilización de consumo, apresuramiento y desarrollo tecnológico intenso es difícil dejar tiempo y silencio para la lectura. Vivimos atiborrados de noticias inútiles y ensordecidos y atontados por los ruidos y asediados por una espesa banalidad. Tenemos tantísimos libros que es difícil penetrar a fondo en algunos con singular pasión.
Pero los clásicos no son fáciles, piden un cierto reposo en la lectura y un empeño por entenderlos a fondo. Requieren, como deseaba Nietzsche, lectores lentos, atentos a los matices y a los ecos. Esa lectura despaciosa, que degusta a fondo el texto es ya un lujo raro. La exigen los grandes textos, sobre todo los que nos están lejanos en el tiempo, y están escritos en otra lengua, aunque no tan distantes quizás en la sensibilidad. La distancia cultural y lingüística entre el autor y el lector impone un esfuerzo de acercamiento mutuo. El lector debe, de algún modo, extrañarse de su mundo para penetrar en el universo imaginario del texto y su contexto. Los comentarios y las notas eruditas ayudan, pero la comprensión verdadera es siempre un esfuerzo de la imaginación.
Es difícil leer bien a los clásicos. Como ha señalado Steiner -ya en los ensayos añejos de On Difficulty, Oxford, l978- hay varias dificultades de distinto tipo, contingentes, modales, tácticas y ontológicas. Cada día es más difícil, porque nuestra educación actual nos va alejando más de ese placer de la lectura detenida, que obliga a entender el texto en su contexto. Creo que no importa tanto el conocimiento de la lengua -por más que leer a un clásico en su lengua sigue siendo el ideal para conocerlo y apreciarlo- cuanto ese distanciarse del presente para compartir la visión del escritor antiguo, entrar en su mundo, "meternos en la piel de los difuntos", como le aconsejó el oráculo de Delfos a Zenón de Citio.
La traducción es el gran vehículo, y los traductores son los intermediarios indispensables para acceder a unos u otros clásicos, es decir, a los grandes textos de la Literatura Universal, como también ha señalado repetidamente G.Steiner en Más allá de Babel y otros ensayos sobre este tema. Si todo leer es, como se ha dicho, un cierto modo de traducir, leer en traducción supone sólo aumentar más la distancia en el diálogo con el texto. Por eso necesitamos siempre que la traducción sea precisa, elegante, fiel y clara. De ahí la gran responsabilidad de los traductores de los clásicos, que realizan una tarea tan exigente, arriesgada y delicada. De una buena o mala traducción suele depender que el encuentro con un gran texto resulte logrado o fallido. Cuántas veces una versión torpe hace que un lector renuncie a tal o cual libro, engañado sobre su belleza o su sabor por la torpeza de la traducción. Y cuán a menudo el aprecio por un texto admirable está ligado a una versión correcta, seductora, e inolvidable.

Quinto
No todos los clásicos poseen igual grandeza ni paralelos atractivos o idénticos méritos, y no todos están situados a la misma distancia, en el tiempo y el idioma, de la sensibilidad del lector. Podríamos insinuar aquí una distinción sencilla entre los clásicos universales (aunque queda bien entendido que "universales" quiere decir los de nuestra civilización occidental) y los nacionales (en los que el uso del propio idioma resulta un rasgo decisivo para su valoración). Los primeros serían el núcleo duro del canon: Homero, Esquilo, Platón, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Molière, y algunos más modernos. Son los gigantes de la literatura, cuya obra se alza esplendorosa e inolvidable por encima de su lengua, época y nación. Los nacionales son los mejores representantes de una lengua y cultura, pero cuya grandeza resulta mejor valorada en su propia tradición cultural. Su uso del idioma los ha convertido en referencias indispensables de la escuela y la literatura nacional. Es el caso de Quevedo o Góngora, de Chaucer, Sterne, Corneille y Racine , Schiller , Pushkin, etc. Desde luego esta división resulta bastante subjetiva, en su propuesta de figuras y nombres, y así, p.e., podríamos discutir si Goethe debe figurar en un grupo u otro. Pero me importa sólo marcar la distinción entre una y otra serie, que creo clara y significativa.
Y quizás podemos abrir una tercera lista, ya del todo subjetiva, de los clásicos que calificaríamos de "personales", es decir, aquellos textos que uno aprecia singularmente. Son esos a los que aludía Calvino que , con amor, has seleccionado como "tus" clásicos. Son los que uno considera como especialmente amigos, a los que uno se dirige con especial afecto y a los que relee con mayor familiaridad y simpatía, y en momentos de gran soledad.
Los grandes clásicos tradicionales, los clásicos más antiguos y por antonomasia, en todo nuestro mundo occidental, los que tienen más siglos de supervivencia, los que acumulan más comentarios y relecturas múltiples, los más traducidos y comunes a todos los europeos, son los griegos y los latinos. Están anclados, por decirlo así, en las raíces mismas de nuestra tradición literaria.
Cierto que, desde hace algunos años, parecen haber perdido en la enseñanza universitaria el puesto privilegiado y central que tuvieron en el mundo antiguo y recobraron desde el Renacimiento. Aun así, Homero es el gran patriarca de nuestra literatura, Esquilo, Sófocles y Eurípides los trágicos por excelencia, Safo y Píndaro, Virgilio, Horacio, y Ovidio, los líricos de más laureles poéticos. Junto a ellos hay otras figuras que siguen siendo clásicos indiscutibles para muchos, como el divertido Heródoto y el austero Tucídides, el inolvidable Platón, etc. También aquí cada uno puede y debe escoger sus amigos, por afinidades electivas.
Si, por un lado, es evidente que han visto reducido en la escuela y la enseñanza universitaria el lugar de honor que tuvieron antaño, se sigue reeditando a los clásicos en nuevas traducciones. Los tenemos ahora casi siempre en formato de bolsillo, lo que es un indicio notorio de su vivaz pervivencia, y de cierta popularidad, incluso en estos tiempos malos para el Humanismo. En España se publican más y mejor que en ningún tiempo. Parecería, por esos indicios, que mantienen sus atractivos después de tantos siglos, es decir, siguen siendo, pero ya no por recomendaciones escolares, y por más que resulten bastante arrinconados en los programas didácticos, unos autores y unos textos con notoria vitalidad y atractivo.
Tal vez ahora, que ya no se prodigan en rutinarios manuales escolares, incluso cuando se les regatea el apoyo académico usual en las enseñanzas universitarias, parecen persistir más sugerentes y audaces. Como si, desligados de su conexión con la obligatoriedad de las lecturas escolares, los clásicos se presentaran más jóvenes y se hicieran estimar por su propia valía estética y su impacto intelectual. Y es difícil encontrar maestros de la palabra tan fantásticos y tan abiertos al diálogo como estos antiguos poetas, historiadores y filósofos de la antigua Grecia.
Pero creo que la escuela, como señalaba Calvino, debe mantener un papel de primer orden en la orientación de esas lecturas. Es ahí donde el alumno debe encontrarse con algunos libros maravillosos y con inolvidables nombres de la Literatura. Por ahí debería empezar su conocimiento elemental y su admiración hacia esos textos, en encuentros que bien pueden marcar una vida. ¡Cuán a menudo esas primeras lecturas deciden la predilección hacia ciertos textos y un perenne afecto!
Por eso habría que indagar también si muchas veces es una inadecuada programación de las mismas lo que hace algunos libros indeseables. Sólo una amena y clara presentación, en una selección adecuada a los intereses y gustos de los alumnos, puede hacer feliz el encuentro y estimular la relación con los textos.
En España apenas se estudian o se leen los llamados grandes libros, los clásicos universales, en las escuelas ni en la Universidad. No hay espacio para ellos en ningún nivel de la enseñanza. No existe aquí, en ninguna Facultad ni en plan de estudios que yo sepa, una asignatura de lectura y comentario de los "Grandes libros", como en algunas Universidades de U.S. A. (Véase , para más información, el ameno y atractivo libro de David Denby, Los grandes libros, trad. esp., Madrid, Acento, l997).
Entre nosotros se suelen leer y comentar en clase algunos clásicos hispánicos, del grupo de los "clásicos nacionales", más modélicos por su dominio del idioma que por su temática. Parece innegable el interés de tales textos, pero acaso sea más dudoso su provecho cuando se estudian por obligación demasiado pronto. Por poner un ejemplo, no creo que el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita sea una de las lecturas más apropiadas para alumnos de bachillerato, ni por su contenido variopinto ni por su amplísimo vocabulario medieval, sobre todo si uno piensa en el extenso repertorio de nuestra literatura. Acaso un excelente profesor pueda hacer atractivo y provechoso cualquier texto con un comentario personal, pero cuando veo la programación de esas lecturas obligatorias, me queda la sospecha de si la selección se adecúa a la edad y talante de los lectores. En todo caso, ¿por qué no buscar un equilibrio entre esos clásicos nacionales y los de resonancia europea o universal, es decir, Sófocles, Shakespeare, Molière, y otros? ¿Acaso no es una pérdida grande que la literatura universal haya desaparecido de los programas de enseñanza?

Sexto
No olvidemos otro punto. Que siempre leemos a los clásicos desde nuestro momento y perspectiva. Siempre los recibimos en nuestro propio contexto. No podemos olvidarnos de su tradición, enormemente recreativa. Leemos hoy un Homero distinto al que se leía en el siglo XVIII o en el pasado. No sólo porque sabemos mucho más que antes sobre su época y los modos de componer de la poesía oral -lo que, dicho sea de paso, hace totalmente obsoleta la famosa cuestión homérica de si existió Homero o su obra es un zurcido de poemas menores-, sino porque ahora leemos a Homero después de Joyce y Catzantzakis y Cavafis, por poner un ejemplo. Y también porque interpretamos las andanzas del ingenioso y sufrido Odiseo como precursor de tantos y tantos modernos exiliados.
El protagonista de la Odisea puede pervivir en el viajero que regresa a Sarajevo en medio de las ruinas balkánicas del film de Theo Angelópoulos La mirada de Ulises -aunque en la película no salen ni dioses ni el Mediterráneo ni Grecia- y en muchos otros exiliados de nuestros días. Acabo de leer unas líneas de un joven escritor magrebí, Mohamed Chukri, que en el exilio recuerda su propia odisea y escribe: "Este héroe que surca los mares, errando durante diez años en busca de la verdad, era un emigrante que Itaca vio volver tranquilizado por la sabiduría y profundamente humanizado gracias a su periplo. Yo fui Ulises en un momento de mi vida... ¿He dejado de serlo?" (ABC Cultural, 29-IX).
La Odisea ha dado lugar a una serie fascinante de reflejos y relecturas apasionantes. ¿Cuántas Odiseas espejea el resonante epos homérico? Esas relecturas enriquecen así con matices nuevos el texto clásico, surgiendo de nuevas interpretaciones en la fusión de dos horizontes, el del texto antiguo y de cada lector, como ha subrayado la teoría de la recepción. Antígona se multiplica en numerosas Antígonas y Edipo sale renovado del diván psiquiátrico de Freud y de Lacan. Tantos epígonos no desgastan la tragedia ni la fuerza poética del Edipo Rey y la Antígona de Sófocles. Las imitaciones, ecos, y parodias no enturbian la paradigmática fuerza del original, sino que acreditan su perenne vigencia poética.
Don Quijote no es para nosotros, después de las lecturas de los románticos europeos, una novela cómica que parodia los libros de caballerías, como fue para sus primeros lectores en el siglo XVII. Su protagonista no es sólo un enloquecido hidalgo que parodia a los caballeros andantes, entre burlas y delirios, sino un símbolo patético del héroe hispano, idealista, envejecido, en choque con la vulgar realidad. Podríamos poner muchos otros ejemplos.

Séptimo
Otra cuestión importante es la del canon de los clásicos. Si pensamos que ciertos textos son esenciales en una auténtica formación, resulta muy significativo el empeño de seleccionar los verdaderamente decisivos, los mejores, aquellos que podríamos adjetivar como imprescindibles y canónicos. Cuestión no tan fácil como puede parecer en un primer vistazo, pues son varios los factores a tener en cuenta para su confección de una lista concreta, que pretenda y justifique un consenso unánime. En todo caso para hacer esa lista canónica resulta muy útil, creo, atender a la distinción indicada antes de clásicos universales y nacionales.
El libro de Harold Bloom El canon occidental (l994; en traducción española rápida, Anagrama, Barcelona, l995) apuntaba lo esencial del problema, aunque también suscitó, por cuanto venimos diciendo, algunas polémicas menores y, en mi opinión, superficiales. Se movieron en torno a detalles concretos como eran la inclusión o exclusión de un nombre en ese canon, el estilo agresivo y brillante de su autor, o su perspectiva en exceso angloamericana y moderna. (El canon está dominado por el genio de Shakespeare, del que H. Bloom es profeta fogoso, y no incluye a ningún escritor griego ni romano, de modo muy injustificado, a mi parecer. Aunque sea un detalle crítico muy puntual: quiero anotar que me parece poco exacto el subtítulo de su libro en la traducción española: La escuela y los libros de todas las épocas es menos expresivo que el original inglés; The Books and School of the Ages).
Lo que H. Bloom destacaba muy bien, en su defensa lúcida y rotundo alegato a favor de la lectura de los clásicos, era cómo esos grandes libros, antes leídos y comentados en las aulas con respeto y seria dedicación, habían sido un núcleo arraigado y tradicional en la educación escolar -en U.S.A. eso quiere decir "universitaria"- a través de épocas y generaciones, y que esa educación humanista y literaria, anclada en la lectura de los grandes textos del pasado, nunca estuvo tan agredida y controvertida como ahora en el agitado panorama universitario norteamericano. En su diagnóstico sobre la recesión de los estudios humanísticos en la Universidad americana H. Bloom coincide con otro serio crítico, su casi homónimo Allan Bloom, en su libro no menos conocido y polémico: El cierre de la mente moderna (Trad. esp. Barcelona, Plaza-Janés, l989).
Lo que esta discusión de largo alcance ha significado en su contexto social norteamericano, nos interesa parcialmente en la medida en que puede preludiar o reflejar algo parecido en nuestro país. No es el momento de rastrear todos sus ecos, pero me gustaría, no obstante, dejar apuntada aquí esa alusión a la procelosa crisis actual de las Humanidades.

Octavo
La institución escolar tiene, por lo que toca a fijar un canon clásico, una responsabilidad evidente. Para su educación los jóvenes deben encontrar una pauta de excelencia, una lista sugerente, efectiva y ejemplar de los mejores escritores, artistas, creadores y pensadores del pasado. Esa exigencia de un canon debe darse por estrictas razones de economía cultural. En palabras de G. Steiner:
¿De qué otra manera podría existir una cultura, una transmisión de valores? ¿De qué otra manera podrían el interés y la producción continuada acumularse en la inversión de la creatividad? Dada la finitud de la existencia personal y de la autoridad institucional, tiene que haber economías acordadas. Lo inferior, lo efímero, tiene que ser dejado de lado. Un canon, un programa de estudios, tamiza y separa y, al hacerlo, dirige nuestro tiempo y nuestros recursos de sensibilidad hacia la excelencia certificada y plenamente iluminada. El negador, el que por una extraña iconoclastia o marginalidad, censura las buenas cosechas de la cultura, es un dilapidador de nuestros limitados recursos receptivos, de los probados y acreditados activos de la gracia”.( Presencias reales, p.84).
Efectivamente, es en la escuela donde debería fomentarse y desarrollarse la lectura como instrumento formativo básico para los más jóvenes. Allí debería orientarse su disposición a leer, de modo progresivo, y a leer lo mejor, desde breves textos hasta adentrarse en los grandes libros. Y hacerlo de un modo inteligente, y no forzado, pues el objetivo es que quienes se educan aprendan a apreciar y amar los libros, no a temerlos ni a aburrirse con ellos. Hay que insistir en la importancia de la imaginación narrativa -que culmina en la mejor literatura universal- para la formación de la personalidad individual, para la configuración paulatina y firme de la inteligencia crítica, la memoria y la imaginación, como ha subrayado recientemente Martha Nussbaum.
Enseñar a leer, a entender de verdad lo leído, a profundizar en su sentido con mirada crítica e intentar expresar con claridad las propias respuestas frente a esos textos impresionantes, es un gran reto espléndido para un auténtico educador, que va desde los comienzos hasta el final del período didáctico. Estimular la imitación de los clásicos me parece bien; pero aún mejor es invitar al diálogo perenne y vivo con sus textos. Los profesores de letras, y desde luego los filólogos, somos maestros de la lectura a fondo. Tarea de modesta apariencia y, sin embargo, esencial en todo humanismo. En distintos niveles, por supuesto. ¡Si al menos supiéramos enseñar a leer, si lográramos transmitir el entusiasmo por la lectura de los grandes textos, una lectura activa, inteligente y personal! Si lo lográramos, podríamos darnos por bien pagados de tantas y tantas horas gastadas en empeños y tareas didácticas. Por consiguiente, y en cierta medida, si nuestros alumnos aborrecen los libros, si son malos lectores, el fracaso es también nuestro. Y en el desprestigio actual de la lectura tenemos una parte de culpa, por no haber logrado -cada uno desde nuestra modesta parcela de conocimientos- infundirles el amor por los libros y la comprensión de cuánto significan los mejores textos para vivir una existencia libre, alegre, consciente y solidaria .
Pero no resulta menos claro, sin embargo, que los profesores tenemos sólo una parte de responsabilidad, no la mayor, en ese estrepitoso fracaso. Las presiones de la sociedad actual, orientada al consumo continuo, el progresivo imperio de una cultura audiovisual, la opinión manipulada por los grandes medios de comunicación de masas, y los incontables señuelos y artificios espectaculares de una tecnología desbordada, reducen a discretos márgenes la influencia de la educación escolar en la vida cotidiana. El desprestigio de la enseñanza secundaria oficial -aquí mucho más incisiva y fundamental que la universitaria- atestigua, por otra parte, en los últimos lustros un sintomático y ubicuo malestar. La profesión docente ha descendido mucho en influencia y aprecio.
¡Tristes profesores de enseñanza secundaria! Muchos de ellos almacenan una excelente preparación profesional, que les sirve de muy poco. Con frecuencia se encuentran agarrotados, maltratados, confusos, desilusionados ante los planes de estudio y las reformas que marginan sus enseñanzas -las humanísticas y las científicas también-con horarios exiguos, y que privilegian el aprendizaje de técnicas y saberes prácticos o de meros entretenimientos con títulos políticamente correctos. Y que se ven desconcertados, a la vez, por la desidia y el escaso interés de numerosos alumnos, poco atentos y mal civilizados, y escasamente motivados, como se dice, en sus estudios por un contexto social desfavorable.
La disciplina, la valoración del estudio esforzado, la memoria y la imaginación, el disponer de tiempo para leer y refrescar las lecciones, requieren un apoyo y una autoestima que se echa en falta en nuestros centros de enseñanza, mientras prolifera la rutina burocrática, las reuniones de tiempo perdido, el encasillamiento de las asignaturas y una jerga pedagógica más que lamentable.

Noveno
No quisiera repetir hoy todas las críticas que sobre el tema pedagógico oímos en la conferencia de Antonio Muñoz Molina, pero es imprescindibe recordar todo ese trasfondo turbio si queremos reflexionar a fondo en la consideración de esta larga crisis, y no plantear la cuestión desde una visión harto idealista, abstracta e inoperante.
La enseñanza de las Humanidades parece, en efecto, andar un tanto a contrapelo de los tiempos, malos tiempos sin duda para la formación intelectual en los viejos moldes humanistas. Y, sin embargo, justamente por ese ambiente poco favorable, debemos insistir en su importancia, en su validez para contrarrestar las modas. En un futuro en que previsiblemente cada vez habrá menos horas dedicadas al trabajo, donde el tiempo de ocio debería ser cada vez mayor, es cuando debería cuidarse más la educación de estilo humanista, es decir, el cultivo de una formación integral, que permita acceder a los mayores y más espléndidos logros de nuestra civilización. Parece esencial el acercamiento metódico y progresivo a ese legado estético y ético que nos educa como seres críticos y libres, capaces de comprender los valores más claros y altos de nuestra vieja y prodigiosa civilización.
Porque se da ahora una notable paradoja: cuando tenemos al alcance todo un maravilloso legado de ciencia, saber y belleza, gracias a los inmensos medios de conservación, reproducción y comunicación, ahora que cualquier persona inteligente podría -al menos en nuestro mundo occidental- dedicarse en sus ratos de ocio a estudiar alegremente y disfrutar de los más altos ejemplos de la ciencia, el arte y la literatura universal, cuando la riqueza de toda nuestra civilización resulta más asequible y parecen fáciles de superar los antiguos impedimentos de tipo social o económicos, la mayoría parece menospreciar o haber renunciado a semejante empeño cultural. Y también aquí podemos detectar, creo, un fallo de esa educación, al menos en el diseño de una formación que no debería orientarse tan sólo a instruir a los más jóvenes para una tarea o una profesión especializada, sino a formar individuos con sensibilidad y conciencia, solidarios, imaginativos, responsables, y con una mirada refinada por la cultura y abierta al ancho mundo.
Por otra parte, es la educación lo que permite y fundamenta una auténtica libertad de elección. Es grave error recortar el valor de la misma reduciéndola a lo pragmático y especializado. Insistamos en el valor de la educación como formación general, como paideia. Sólo quien conoce el bien -como ya argumentaba Sócrates- puede elegir lo más valioso. Porque no podemos confiar en que, sin una previa educación, la gente vaya a preferir la cultura y el saber esforzado a la mera diversión masiva y fácil. La mejor carta que juega la vulgaridad en su favor es lo fácil y cómoda que resulta. Como ha escrito G. Steiner: "Teniendo libertad de voto, es decir, gozando de la opción de gastar su ocio y sus recursos económicos a su antojo, la abrumadora mayoría de la humanidad preferirá el bingo y el debate televisivo a Esquilo o Giorgione". (Presencias reales, Destino, Barcelona, l99l, p. 189).
Pero me gustaría acabar estas reflexiones con un tono menos pesimista. Los clásicos han perdurado muchos siglos y seguirán ahí, presentes y persistentes en la educación de los mejores, sin garantías de ser arropados por la enseñanza oficial, pero sin riesgos, por otro lado, de llegar al apocalíptico final de la novela Fahrenheit 451.
Hemos insistido aquí en su valor para la formación integral, espiritual, del individuo, pero no debemos olvidar su mejor razón de éxito: leerlos procura no sólo conocimiento, sino también un variado, vivaz, inmenso placer. Si conocer es un anhelo natural del hombre, la mejor literatura, a la vez que nos hace conocer el mundo y a nosotros mismos, nos emociona, eleva, instruye y divierte. El placer que brindan los clásicos, cuando ya no se leen por obligación escolar, sino por íntima decisión, es una experiencia mágica. Es el placer del texto mismo lo que invita a frecuentarlos.
Hemos dicho que la lectura de los clásicos nos libera de las limitaciones del presente y nos impulsa no sólo más allá de nuestro forzado y no elegido contexto histórico -en un viaje sobre el tiempo, hacia el pasado y con vistas al futuro-, al encuentro de los mejores escritores de otros tiempos, sino que, a la vez, nos invita a conocernos mejor, a inventarnos más a fondo a nosotros mismos. Podemos amueblar el espacio imaginario de nuestra mente con muchas figuras y sabias palabras, gracias a los juegos del lenguaje, la fantasía y la memoria, pero no hay duda de que es en los libros del legado clásico donde se encuentran las más seductoras, las mejor definidas, las más enigmáticas e inolvidables. Las lecturas de esos grandes libros nos incitan a distanciarnos de lo inmediato, a vivir en ámbitos nuevos, y vivir mil aventuras, y ofrecen un campo infinito a la reflexión, la memoria y la imaginación.
De nuevo introduzco una cita de H. Bloom (que será la última):
"Leer al servicio de cualquier ideología, a mi juicio, es lo mismo que no leer nada. La recepción de la fuerza estética nos permite aprender a hablar de nosotros mismos y a soportarnos. La verdadera utilidad de Shakespeare o de Cervantes, de Homero o de Dante, de Chaucer o de Rabelais, consiste en contribuir al crecimiento de nuestro yo interior. Leer a fondo el canon no nos hará mejores o peores personas, ciudadanos más útiles o dañinos. El diálogo de la mente consigo misma no es primordialmente una realidad social. Lo único que el canon occidental puede provocar es que utilicemos adecuadamente nuestra soledad, esa soledad que, en su forma última, no es sino la confrontación de nuestra propia mortalidad." (H. Bloom, o.c., p. 40).
Por eso, adentrarse en la lectura de un texto clásico es algo así como emprender un viaje iniciático a un mundo fascinante. Y, puestos a viajar, podemos pedir que el viaje sea lo más fantástico y enriquecedor posible, que nos permita visitar el pasado y volver con nuevas palabras e ideas frescas al presente. Como en el viaje de Ulises al Hades, resulta útil demorarse allí a dialogar con las sombras más ilustres a fin de retomar luego, más expertos y documentados, el camino de nuestra casa.
*Conferencia dictada el 20 de octubre de 1988 en el Salón de Actos de Grupo Santillana, en Madrid, como parte del ciclo La educación que queremos.

26/1/11

La encrucijada de la enseñanza de la literatura

Mientras que en el caso de la enseñanza-aprendizaje de la lengua existe la posición casi unánime de ésta se debe orientar al desarrollo de las destrezas expresivas (hablar / escuchar) y comprensivas (leer / escribir), no sucede lo mismo en el caso de la literatura.
Parte de este desacuerdo se debe a la diversidad de perspectivas teóricas desde las cuales se ha abordado el texto literario en los recientes 100 años.
En medio de esa diversidad, sin embargo, destacan tres enfoques: el historicista, centrado en el emisor (el autor); el formalista, basado en el mensaje (el texto literario), y la estética de la recepción, preocupada más por el receptor (el lector).
El siguiente artículo, aparecido en el primer número de la revista Textos, expone las características, aportaciones e inconvenientes de estos enfoques. Un material sin duda útil para quienes nos quebramos la cabeza pensando de qué forma se puede hacer atractiva la literatura en estos tiempos de la audiovisualitis.

Teorías literarias y enseñanza de la Literatura*
Francisco Meix Izquierdo
Toda teoría resulta esquematizada en exceso al ser divulgada y puesta en aplicación. A pesar de todo sus creadores merecen un reconocimiento indiscutible, ya que muchas de sus intuiciones siguen siendo valiosas, aunque se hayan visto simplificadas por sus discípulos. Sin embargo, ello suele generar prácticas pedagógicas inadecuadas o rechazables.
Por lo demás, ninguna revisión o exposición de un panorama teórico cualquiera puede ser objetiva. Cada uno es hijo de su tiempo, de sus circunstancias y de su formación académica. Por ello, mi exposición no pretende ser objetiva sino crítica y, a veces, un tanto apasionada quizá. Así pues, a medida que vayamos presentando los rasgos básicos de cada teoría irá surgiendo, como en un diálogo espontáneo, nuestros propios puntos de vista. El objetivo pretendido aquí ha sido, sobre todo, el de destacar y organizar de forma integradora aquellos aspectos de cada teoría que nos parezca de interés didáctico. Esperamos que los resultados sean funcionales y coherentes más que eclécticos.

El historicismo
Es la perspectiva de quienes conciben el estudio de la literatura como una sucesión de obras y autores enmarcados en corrientes estéticas al hilo de la evolución histórica. Esta orientación consiste, pues, en exponer secuencias cronológicamente ordenadas de influencias temáticas y formales, desconectadas la mayoría de las veces de un conocimiento efectivo de textos completos por parte del alumno y de la alumna. En todo caso se utiliza fragmentos literarios para ilustrar las influencias antes citadas. Es la perspectiva del historiador, que antepone el decurso de los acontecimientos a la experiencia estética de los lectores. Se ahorra al alumno y a la alumna, por tanto, el trabajo de elaborar una interpretación de la obra. En su lugar, el aprendizaje que se pretende es ante todo memorístico y, por ello, resulta escasamente significativo, ya que el estudiante carece de asideros o experiencias literarias a las que asociar los nuevos datos que se le ofrecen.
El historicismo dificulta una relación estética con los textos desde el momento en que los alumnos y las alumnas comienzan el estudio de la literatura por obras lejanas y, la mayoría de las veces, distantes de su sensibilidad, adoptando un criterio intelectualista al abordar el fenómeno literario. El estudio de los textos se realiza en función de directrices preestablecidas de carácter genérico, estilístico o cronológico y ajenas a los aspectos de los mismos que más pudieran atraer a los lectores, como son los temáticos y de contenido.
La ubicación de los textos en sus contextos históricos y sociales se convierte en un complemento necesario pero completamente extrínseco a los datos literarios como tales: introducciones apresuradas a la época, que consisten en un conjunto de datos generales de una historia entendida como una sucesión cronológica de hechos aislados. En rigor, no llega a producirse la contextualización que se pretendía lograr.
El paradigma historicista se sustenta en una concepción positivista de la historia. Ésta aparece como una galería degrandes acontecimientos deshilvanados entre sí y desligados de la cotidianeidad, que difícilmente llegan a entroncar con las vivencias y las mentalidades en que se sustentan las obras literarias. La historia así entendida constituye un relato que, bajo la apariencia de una exclusiva atención a los "hechos" y a una estricta objetividad, simplifica con una causalidad unilateral la urdimbre delicada y las múltiples interacciones que constituyen la vida de una sociedad para adecuarlas a posiciones más o menos marcadas ideológicamente.
En todo caso, como veremos más adelante, nuestra visión del pasado está influida por los acontecimientos posteriores, que ejercen un influjo retroactivo y dan sentido a lo que ocurrió antes. El sentido se construye, pues, desde fuera de los textos y luego se proyecta sobre ellos. Por el contrario, el enfoque historicista parte de los orígenes y avanza hacia lo más reciente escamoteando o falseando el auténtico devenir histórico, soslayando la génesis de nuestra perspectiva actual sobre el pasado y presentándolo a la luz de los planteamientos actuales sin declararlo explícitamente. Con ello se está violentando el curso normal de los procesos cognitivos al partir de lo lejano y menos conocido para el alumno y la alumna, con el fin de arrojar luz sobre un presente al que nunca se acaba de llegar. En este planteamiento subyace la idea de la historia como progreso y una causalidad de carácter proactivo, cuando en realidad nuestra manera de entender el pasado es retrospectiva.
El historicismo, en su utilización pedagógica, suele adolecer también de una acusada inflación de contenidos. Desde su punto de vista todo dato puede ser relevante, todo autor aporta algo fundamental, cualquier movimiento literario debe ser conocido si se quiere entender los que aparecen después. Resulta difícil renunciar al estudio de una obra valiosa, es preferible renunciar a su lectura. Así, el alumno y la alumna se pierde en un bosque de datos escasamente significativos.
Por otro lado, la falta de contacto real con los textos en su integridad lleva con frecuencia a un impresionismo pobre y simplificador, ya que se sustrae al alumno y a la alumna la experiencia literaria como tal, a la vez que se pretende sustituirla por algunos juicios críticos bastante generales y desencarnados.
Dentro de este enfoque, se da una ausencia casi total de producciones textuales de carácter estético por parte de los alumnos y de las alumnas, ya que la perspectiva adoptada es, como antes indicábamos, eminentemente intelectualista y externa a lo literario como tal. En el mejor de los casos el aprendizaje está condenado a ser repetitivo y de carácter expositivo, no constructivo. El conocimiento de las obras literarias, entendidas como productos culturales excelsos, tiene poco que ver con los intentos humildes de los alumnos y de las alumnas por expresar sus vivencias o por objetivar sus fantasías. La producción de textos propios queda relegada por completo, lo cual no es de extrañar si pensamos que tampoco se trabaja demasiado en la comprensión de textos ajenos. Las obras literarias aparecen, por tanto, reducidas a la condición de meros vehículos de influencias formales, ya que los alumnos y las alumnas casi nunca llegan a valorarlas como productos de una experiencia vital o como medio de entender la realidad.
Y, al fin, el historicismo converge con el paradigma formalista desde el momento en que ambos comparten una concepción fetichista de la obra de arte, entendida como producto minoritario y excelso. Se estudian obras seleccionadas por su superioridad formal con respecto a textos menos originales, pero los criterios de selección como tales se sustraen a toda reflexión, así como la historicidad de los mismos. El historicismo resulta ser, en realidad, profundamente ahistórico, pues soslaya el proceso el que, a partir de la incidencia de unas circunstancias históricas concretas en una personalidad individual, tiene lugar la producción de unos textos determinados el proceso creador— para quedarse en la simple constatación de unas influencias formales descontextualizadas. Permanece, por tanto, en el exterior de la obra estética como tal, ya que concibe el lenguaje como "producto", no como una actividad emergente, y en ello coincide con los distintos formalismos.

El formalismo
Aquellas concepciones del lenguaje que subrayan todo lo que en éste hay de estructura y de organización y consideran las demás dimensiones del mismo como derivadas de esa estructura puede agruparse bajo este epígrafe. Uno de los atractivos del método estructural es el aura de cientificidad que lo rodea y uno de sus méritos principales el detectar la condición de signo que presentan muchos objetos aparentemente intrascendentes. Sin embargo, desde nuestra perspectiva, el método estructural resulta de enorme valor para tratar los niveles del lenguaje en los que prevalece la economía del signo, como los fonológicos o los gramaticales, pero debe ser utilizado con mucha más cautela cuando se trata de afrontar e estudio de sentido, que no es una cualidad resultante de la simple acumulación de componentes semánticos sino una propiedad cualitativamente distinta de los elementos que la hacen posible.
Y se muestra tanto más inadecuado un enfoque de esta naturaleza cuanto que es precisamente la producción del sentido la razón de ser del lenguaje, la finalidad que anima la organización del sistema como tal. Pues no se trata de que el estudio de los aspectos formales no sea importante, sino de que se está desvirtuando la jerarquía inherente a la actividad lingüística, en la que los aspectos organizativos y opositivos aparecen como un instrumento delicado que tiende a hacer posible la objetivación —y la comunicación ulterior— de la experiencia cultural humana.
Los formalismos en literatura se caracterizan, más en concreto, por el rechazo de toda paráfrasis, es decir, de la tendencia a "tomar el texto como pretexto", proyectando sobre él toda clase de interpretaciones subjetivas. Los aspectos biográficos o psicológicos son irrelevantes para el funcionamiento del texto como tal. Los teóricos del formalismo ruso, por ejemplo, trataban de evitar el problema de la personalidad creadora, todo lo relativo a la psicología de la creación. Con ello caen en el inmanentismo, negándose a vincular la obra de arte con todo aquello que es, a su juicio, externo a ella. En su opinión, las emociones e ideas encarnadas en la, obra literaria no residen en dicha obra, sino que son los propios críticos quienes proyectan sus interpretaciones sobre ella.Para Tinianov la especificidad de lo literario reside en el "estilo", en la posibilidad de elegir entre varias opciones formales diferentes a, la hora de expresar unos contenidos determinados. Existiría, pues, un estilo propio de cada época, de cada corriente literaria, de cada autor... Sin embargo, como señala acertadamente Bennison Gray, "la diferencia entre dos palabras o frases no constituye una diferencia estilística, sino de significación". Cuando un autor escribe, "elige decir lo que quiere decir", no elige entre varias formas de decir lo mismo. Dos expresiones diferentes con significado semejante no tienen el mismo sentido. En realidad, hablar de "estilo" es sostener el dualismo entre forma y contenido, defendiendo la posibilidad de elegir entre varias formas mientras que se mantiene constante el contenido. Pero ello entra en contradicción con la tesis formalista de la indisolubilidad entre forma y contenido pues de ser esto así, toda alteración formal implicaría un cambio en los contenidos, con lo que la noción de estilo dejaría de ser viable.
Desde nuestro punto de vista, la especificidad de la literatura no se sitúa en el plano formal, en el plano del estilo, sino allí donde las estructuras formales se trascienden como tales para engendrar el sentido, la vivencia estética. Y ello requiere incluir en el modelo a los receptores, que interpretan los textos como literarios o no, como valiosos artísticamente o como irrelevantes.
En todo caso, es común a numerosos autores que no se reconocen como formalistas el mantener una tajante separación entre el discurso literario y el discurso puramente "lingüístico". Así, E. Coseriu distingue el lenguaje común, que por exigencias de la vida práctica ha sido desactivado o instrumentalizado en mayor o menor medida, y el lenguaje poético, que se encuentra en plenitud de todas sus virtualidades significativas. El propio Jakobson, defiende un concepto de "función poética" según la cual ciertos actos de comunicación gira en torno al propio mensaje, y no atienden tanto a otros componentes del proceso comunicativo, como el emisor, el receptor, el código o el canal, por ejemplo. Así, la función del poeta consistiría más en la manipulación del lenguaje que en la representación de la realidad. O como mantiene Victor Sklovski, cuando afirma que la literatura está hecha de palabras y se rige por las leyes propias del lenguaje.
Sin embargo, estos intentos por definir la literariedad de modo inequívoco chocan con el hecho de que los mismos mecanismos que aparecen en el lenguaje poético en su esfuerzo por llamar la atención sobre sí mismo, se dan también en otro tipo de discursos como el publicitario ("Cuanta más Puleva beba, más Puleva beberá") o, en muchos casos, el político ("I like lke", en la campaña electoral de Eisenhower). Y en otras ocasiones, recursos ajenos a la literatura (fragmentos de lenguaje religioso, jurídico o filosófico) o pertenecientes a géneros subliterarios, como la novela por entregas o la canción popular, pasan a ser adoptados, "canonizados" o integrados en el lenguaje literario por autores que tratan de renovar las propias estructuras artísticas inyectándoles vía desde el exterior de sus fronteras.
Una aportación formalista de gran interés es la afirmación de la autonomía entre la vida y el arte. La obra literaria no es un reflejo o trasunto fiel de la biografía del autor o de las circunstancias históricas y sociales, sino que éstas inciden en aquella de modo no unívoco ni especular. Pero la autonomía tiene sus límites. La obra de arte es un modelo construido con el fin de interpretar el mundo interior y el exterior. Esta modelización es la única posibilidad de conocer la realidad, aunque al hacerlo la esté configurando, aunque ese conocimiento sea provisional y revisable. Y toda obra de arte cumple una misión socializadora y adaptativa. Para realizar esa función intenta lograr una eficacia estética, actuando con intensidad suficiente sobre la estructura de la sensibilidad colectiva de cada época. Con ese fin, el modelo debe tener un alto grado de concentración en sus elementos constitutivos. Pero el estudio de la estructura del modelo no debe perder de vista su razón de ser, es decir, la plasmación intersubjetiva de experiencias culturalmente relevantes.
Por eso, tienen razón los formalistas cuando dicen que el arte trata de luchar contra los efectos empobrecedores de la rutina y de la costumbre. El arte revitaliza la percepción de aquellos a quienes va destinado, les hace captar el mundo desde una perspectiva fresca e inusual, pero esta "desautomatización" no consiste simplemente en romper los estereotipos verbales situando las palabras en contextos nuevos, sino que en la raíz de ese procedimiento está el deseo del autor de dar forma y transmitir una experiencia personal más o menos innovadora. En el horizonte de toda creación estética siempre se halla el deseo de aumentar nuestra autoconciencia como especie que trata de sobrevivir en condiciones más favorables. Y ese mayor grado de lucidez que toda obra de arte pretende, se refiere unas veces al conocimiento de la propia herramienta creadora (es el aso de las obras de vanguardia que tratan de renovar el lenguaje o de reflexionar sobre la propia escritura, como arte consciente de sus recursos formales), mientras que en otras ocasiones intenta dar forma a experiencias vitales compartidas en mayor o menor grado por otros individuos y que permanecían latentes en el inconsciente social (es un arte "ingenuo", que usa sus recursos de forma espontánea, al servicio del deseo de transmitir algo ajeno a él). En todo caso el estudio de la forma no debería hacernos olvidar su finalidad estética, la cual, en último término, pretende acrecentar nuestra conciencia como miembros de una especie que, además de continuar su evolución biológica, ha inaugurado la dimensión cultural. En todo caso, hay que procurar que una vez más el análisis del mecanismo no nos oculte el sentido del proceso. Hay que evitar caer en el formalismo.

Las nuevas tendencias
Emprenderemos ahora una exposición relativamente rápida de las corrientes más actuales que estudian el hecho literario, destacando aquellos aspectos en que las nuevas orientaciones ofrecen un enfoque más adecuado que las perspectivas anteriores. Son éstas la Estética de la Recepción, la Semiología, la Poética de lo Imaginario y la Pragmática.
Para la Estética de la Recepción el centro de interés no es el texto sino la incidencia del texto en los receptores, es decir, el objeto estético. Desde su punto de vista, hay que situar el fenómeno literario dentro de sus coordenadas históricas, tanto el texto como la figura del lector o la del propio investigador. Además, esta teoría considera que la captación de una obraimplica necesariamente procesos de carácter valorativo, que cambian con los receptores de las distintas épocas. Los juicios de valor forman parte de la vivencia estética como tal, no son un excedente indeseable. Con ello se está huyendo del objetivismo aséptico de los enfoques precedentes. No existen, pues, "clásicos" de validez intemporal al margen de la historia, sino obras que son interpretadas y consideradas valiosas desde una sensibilidad contemporánea, pero que pueden dejar de serlo en otro momento, una vez que los gustos se hayan transformado como resultado de la evolución histórica.
La Estética de la Recepción recibe la herencia de la Hermenéutica, preocupada por los problemas de la interpretación de textos. Según H.G. Gadamer, entender una obra del pasado supone entablar con ella un diálogo desde el presente. Sólo así es posible apropiarse de textos ajenos. El proceso de comprensión es interactivo. No se trata de que los procesos mentales del emisor pasen literalmente a través de un canal a la mente del receptor, como plantea el modelo comunicativo de Jakobson, sino de que todo receptor debe constituirse en emisor que entreteje su propio discurso con el que intenta aprehender. Y junto con las ideas se van modelando las emociones, pues los aspectos connotativos de una expresión no enturbian su comprensibilidad sino que la incrementan, al hacerla más sugerente y evocadora.
El esfuerzo de Jauss, otro de los pilares de esta teoría, va dirigido a la producción de un nuevo tipo de historia literaria, la cual —a diferencia del interés historicista por autores, movimientos e influencias— se ocupe de presentar los fenómenos literarios tal como son interpretados y concebidos en cada época. Su tarea consistiría en estudiar las distintas sincronías de la sensibilidad literaria a lo largo de la historia. Y es que los textos no permanecen inalterables mientras cambian las interpretaciones de que son objeto, sino que van siendo reconstruidos en diálogo con los horizontes intelectuales y perceptivos de cada época.
Desde mi punto de vista, la gran aportación de esta corriente es que sienta las bases para que la historia de la literatura adquiera una autenticidad psicológica mucho mayor, al abordar no tanto los textos en sí, como los procesos históricos de comprensión de los mismos, que es lo único que nos resulta accesible si pretendemos dotar al estudio de lo literario de un mínimo rigor epistemológico.
Por otra parte, me parece de gran interés la posibilidad de acercar la perspectiva del historiador de la literatura o de los profesores y profesoras a la perspectiva del lector, huyendo de los enfoques eminentemente filológicos. Los escritores escriben para los lectores, no para los críticos. La finalidad de la literatura, consciente o no, es permitir al lector conocerse mejor como persona, o más aún, construirse mejor como personaje, puesto que nuestra propia identidad personal es algo que estamos reelaborando a lo largo de toda nuestra vida.
Desde una perspectiva semiológica, cada cultura puede entenderse como un texto global formado a su vez por otros muchos textos parciales (religiosos, jurídicos, científicos, artísticos) que se interpenetran y comparten unas reglas básicas de funcionamiento. Todo en el universo de una cultura aparece como significativo. Nada es irrelevante ni siquiera "real", si no aparece representado en el modelo de realidad vigente dentro de esa cultura.
Y la cultura así entendida no presenta sólo una vertiente estática, sino también funcional. No es sólo un producto textual terminado sino también un mecanismo discursivo, un proceso generador de textos de distinta naturaleza: escritos u orales, pictóricos, arquitectónicos, indumentarios o urbanísticos. Para I. Lotman la cultura constituye la memoria no hereditaria de la colectividad, es decir, todo aquel conjunto de conocimientos, habilidades y costumbres que no poseen un carácter innato sino aprendido y que, por tanto, ha de ser transmitido a través de signos y modelos construidos socialmente.
Desde este punto de vista, la Semiología requiere un planteamiento interdisciplinar a la hora de estudiar los fenómenos culturales. La especialización propia de cada disciplina debe aquí dejar paso a un enfoque comprensivo, integrador, capaz de relacionar los distintos ámbitos del universo cultural a fin de entender las reglas de juego que regulan el conjunto en su totalidad. En el caso de la literatura, el profesor o profesora debe empezar a entenderse a sí mismo más como semiólogo o hermeneuta, capaz de relacionar e integrar los diversos códigos que confluyen en los textos artísticos, que como un especialista en filología, con el rigor positivista que ello conlleva. No se trata de formar historiadores o eruditos sino de que los alumnos y las alumnas comprendan la sociedad en la que vive como un tipo de sociedad entre otros posibles, diferente de las que existen y han existido en otros momentos.
Según Bajtin, la sociedad es un conjunto de grupos cuyos intereses e interpretaciones de la realidad están en conflicto. Ese conflicto de perspectivas se manifiesta en el lenguaje, en los acentos valorativos de que se carga las palabras y, sobre todo, en la sintaxis, en la planificación general del discurso, ya que el hablante es mucho menos consciente de los procesos de construcción sintáctica que de la selección de los elementos léxicos, más accesibles a la reflexión. Así, en el texto afloran sintagmas o cláusulas que proceden de los rincones olvidados de la memoria o que en su construcción son deudores de modelos discursivos ajenos que, por algún motivo, se han grabado en la mente del hablante de manera profunda. En el discurso hay estratos que permiten descifrar, como en la sección del tronco de un árbol, las vicisitudes de la historia de su autor —sus esfuerzos por ascender o por aparentar más de lo que es— y la estructura de la sociedad en la que se desenvuelve su vida como individuo.
De acuerdo con lo que venimos diciendo, a la hora de trabajar con textos, literarios o no, resulta esencial y apasionante —aunque no siempre fácil— rastrear influencias entre ellos. Pero no se trata, como en el enfoque historicista, de influencias entre autores o movimientos literarios, sino de establecer relaciones entre las estructuras discursivas y también entre éstas y las circunstancias sociales e históricas que han dejado su huella en el texto. Se trata, en definitiva, de abordar la tarea de construir una psicología social de la producción lingüística, o una psicolingüística socialmente orientada, lo cual sitúa de nuevo la figura del emisor en el centro de nuestra atención pero desde una perspectiva diferente, ya que ahora se concibea éste no como individuo cerrado en su propia intimidad sino como un microcosmos en cuya actividad mental se reflejan las tensiones sociales, los conflictos y las vicisitudes de un determinado momento.
El planteamiento resulta válido también para textos que no funcionen literariamente, pero de modo especial en aquellos de alta densidad semiológica, como suelen ser los que se estudian en la clase de literatura. En todo caso, este modo de trabajar acerca al alumno y a la alumna a los procedimientos constructivos del discurso y, especialmente, le pone en contacto con distintas mentalidades sociales y con su manifestación en los textos. Con frecuencia, un texto cambiará de sentido al ser enunciado por un personaje distinto, de una época diferente. Y estas sutilezas son las que configuran nuestra propia vida mental, de modo que una cierta familiarización con ellas permitirá al alumno y a la alumna a entender mejor la ambivalencia de sus propios sentimientos, la ambigüedad de las relaciones interpersonales o las contradicciones de muchos de nuestros propios actos. Al comprender los textos aprenderá a entender su propio pensamiento y también la sociedad en la que vive.
La Poética de lo Imaginario se basa en la teoría psicoanalítica de CG. Jung, discípulo de Freud que defiende la existencia de un conjunto de símbolos arquetípicos de carácter universal en el inconsciente de cada sujeto humano. Según él, estos símbolos son huellas poderosas resultantes de experiencias fundamentales propias de las primeras etapas de formación de nuestra especie y aparecen inicialmente integrados en mitos o relatos que cuentan acontecimientos ocurridos en los tiempos originales y que justifican algún aspecto de nuestra existencia actual, como la sucesión entre días y noches o el hecho de que tengamos que trabajar y que morir.
Gilbert Durand distingue los símbolos diurnos como la espada o el aire, que representan los esfuerzos humanos por establecer un orden racional en su entorno; los nocturnos, como la cueva o el caldero, que simbolizan la tendencia a confundirse e integrarse con la naturaleza de la que provenimos; y los símbolos copulativos, que poseen las dos vertientes anteriores: es el caso del fuego, susceptible de permitir el control del medio ambiente y el progreso civilizador, pero también de arrasar cualquier construcción humana y de confundir todo límite en un caos indiferenciado.
A medida que las sociedades se han ido secularizando y que las ciencias experimentales se han constituido en el modelo de racionalidad dominante, los mitos y su simbolismo han ido perdiendo fuerza explicativa y han penetrado gradualmente en el ámbito de los fenómenos artísticos. Pero lo estético, entendido como experiencia emocional profunda que se vive de forma mediata, sin la crudeza de los acontecimientos del mundo "real", es un lugar privilegiado para aumentar la lucidez acerca de nuestra existencia colectiva y de nuestro destino individual. En una sociedad tan urgida por los deseos de conseguir logros materiales, el arte —la literatura— es una vía fundamental para tomar perspectiva, para decidir mejor qué fines merecen ser perseguidos y cuáles son sólo espejismos que nos desvían de nuestras auténticas necesidades.
La poética de lo imaginario no atiende fundamentalmente a los problemas de la recepción e interpretación de los textos ni tampoco estudia los procesos de codificación semiológica. Se preocupa más bien del contenido simbólico de los textos, en tanto que éstos sirven como vehículos o mediadores de experiencias profundas, a través de las cuales las energías biológicas de los individuos se canalizan socialmente para insertarse de modo eficaz en las distintas circunstancias históricas de cada colectividad. Según J. Campbell, las imágenes simbólicas que constituyen los mitos "llevan las energías de la psique hacia el contexto mitológico y las unen a la tarea histórica de la sociedad".
El interés más destacado de este planteamiento, a mi modo de ver, consiste en que permite al alumno y a la alumna pensar con una lógica distinta a la positivista, de hechos objetivos e indiscutibles. Si se aprende a ver bajo la estructura empírica de un mito su significado profundo, éste cobra una dimensión nueva mucho más actual y directamente relacionada con los problemas concretos de cada uno, aunque sea en un plano simbólico. El sentido del mito resulta, de este modo, bastante revelador y además su descubrimiento adiestra al alumno y a la alumna, por un lado, en la tarea de abordar imaginativamente la interpretación de textos estéticos, los cuales están construidos en muchas ocasiones con arreglo a una lógica de esta naturaleza y, por otro, a establecer relaciones entre textos diversos que obedecen a la misma experiencia cultural. Por lo demás, el atractivo que presenta para el alumno y la alumna esta forma de trabajar y el entusiasmo que al poco tiempo le suscita son indiscutibles.
La Pragmática concibe el discurso lingüístico como una forma de actuar sobre el mundo y no como un simple código que se limite a reflejarlo. El libro de J. Austin Cómo hacer cosas con palabras es elocuente en este aspecto. Un planteamiento semejante supone adoptar un punto de vista funcional acerca de los procesos lingüísticos y, con él, introducir el criterio de "competencia comunicativa" en la enseñanza de la lengua. Así, del mismo modo que al menos en los niveles obligatoriosel estudio y el análisis gramatical deben estar orientados a la superación de los problemas comprensivos y expresivos, el trabajo con textos cuya función sea eminentemente estética ha de tender a conseguir una mayor capacidad semiológica, con el disfrute consiguiente en el alumno y en la alumna, en la doble faceta de lector y productor de textos que traten de objetivar desde una perspectiva personal experiencias diversas.
No es pertinente para la Pragmática el problema de la literariedad, ya que adopta una dimensión funcional más que formal.
La experiencia estética es una forma de conocimiento en la que las dimensiones intelectuales y las emocionales alcanzan un alto grado de integración. Nunca es un juego gratuito, aunque juegue a serlo, como en el caso de algunos vanguardismos. La obra literaria cumple siempre unos fines adaptativos, incide de un modo u otro en la práctica humana, ya que contribuye a configurar los modelos desde los que ésta se rige. Y en el plano del individuo, la literatura tiene una función terapéutica, pues le ayuda a construir el sentido de su propia vida en relación con las circunstancias de su tiempo, le permite cohesionar los distintos planos de su personalidad y le plantea conflictos emocionales y cognitivos que habrán de resolverse en un equilibrio psíquico de orden superior.Desde una perspectiva pragmática cabe adoptar una estrategia esencialmente común ante textos que funcionen literariamente y otros sin excesivas pretensiones estéticas. Habremos de formularnos en ambos casos preguntas acerca de qué dice el texto (lo cual compete a la Semántica y a la Teoría de la Información), quién lo dice (lo cual tiene que ver con factores psicológicos y sociales, a quién se dirige el mensaje en apariencia y en realidad, ya que pueden no coincidir ambos destinatarios (ello afecta a la Semiótica y a la Psicología Social), con qué fines conscientes e inconscientes (Psicología profunda), dónde y cuándo lo dice (historicidad, aspectos antropológicos), con qué resultados (ello concierne a la Sociología, a la Estética y a la Historia literaria) y, por último, cómo todos estos factores inciden en los aspectos formales y organizativos del texto (Lingüística, Teoría de la literatura).
La Pragmática, en definitiva, aparece como un poderoso marco integrador de múltiples disciplinas, cuya utilidad epistemológica reside más en su capacidad para explorar las interacciones entre diversas áreas cognoscitivas que en una metodología muy delimitada. Se trata por ello de un programa de investigación y, sólo en segundo lugar, de un corpus de conocimientos. Y es que en ningún caso, desde una perspectiva pedagógica, el método de una teoría literaria debe prevalecer sobre la vivencia estética. Su misión consistirá más bien en preparar el terreno a ésta para conseguir lectores sensibles y habituales.

Conclusiones didácticas
Nos limitaremos en este apartado a señalar brevemente las implicaciones de los planteamientos que acabamos de exponer en la enseñanza de los distintos textos.
1. Tratamiento conjunto de textos que funcionen como literarios y de textos no estéticos. El objetivo fundamental de nuestra disciplina es desarrollar la competencia comunicativa de los alumnos y de las alumnas, para lo cual se debe trabajar con textos de índole diferente, ordenados de acuerdo con su grado de complejidad, es decir, según un criterio de carácter semiológico. Todo acto lingüístico competente posee un coeficiente de poeticidad, entendida como la capacidad de provocar el surgimiento de un sentido cualitativamente distinto del de los materiales semióticos que lo configuran. La excelencia artística es, a fin de cuentas, un caso extremo de esa capacidad que se da en muchas actuaciones de los hablantes normales. En este aspecto, la función cultural del profesor o profesora no consiste tanto en actuar como transmisor de nociones ya acuñadas como en servir de catalizador en los alumnos y en las alumnas de procesos de crecimiento intelectual y de maduración afectiva.
2. Rechazo de la concepción formalista del comentario de textos. Como ya hemos señalado, la razón de ser del lenguaje es la producción y transmisión del sentido, de experiencias culturales relevantes. Ello no supone dejar de lado el estudio de los aspectos formales del discurso, sino más bien abordar este estudio en la medida —y con la perspectiva— adecuada, de carácter funcional. El sentido no puede existir sin la forma, pero ésta se encuentra siempre al servicio de aquél. Un análisis formalista del discurso olvida este principio y acaba alejando al alumno de las vivencias estéticas que aquél pretendía expresar, para dejarlo inmerso en un juego excesivamente escolar y poco significativo. Así, somos partidarios de organizar el estudio de los distintos textos con un criterio temático. El conocimiento de las diversas estructuras genéricas puede ir adquiriéndose gradualmente, pero siempre entendiendo que los propios géneros son, a fin de cuentas, modos socialmente elaborados de interpretar la realidad. Poseen, por tanto, un sustrato psicológico y social, no son categorías apriorísticas o universales. Tienen, como toda estructura formal, un carácter histórico, y en modo alguno responden a "universales del sentimiento".
3. Es conveniente adoptar una actitud hermenéutica ante los textos. No parece oportuno realizar un análisis o "disección" de los textos en sus elementos componentes de acuerdo con una estrategia establecida previamente con carácter general.
Por el contrario, es preferible adoptar una actitud de carácter interpretativo, situarse ante el texto como lo hace el lector, sin demasiadas estrategias previas. ¿Qué me dice esto a mi? o ¿Qué puede querer decir esto? No se trata de desplegar un cálculo algorítmico, de gran rigidez metodológica, sino de usar procedimientos heurísticos, tendiendo puentes, esbozando conjeturas, como receptores activos que salen al encuentro del texto desde una experiencia anterior y que asumen un cierto grado de incertidumbre, afrontando el riesgo de fracasar, al menos en un primer momento.
4. Estudio histórico de los textos, pero no historia de la literatura. La selección y secuenciación de los diversos textos con los que se trabaje no debe realizarse con criterios cronológicos, sino atendiendo al grado de dificultad semiológica que presenten. Pero este criterio no significa que se deba renunciar a entender las raíces históricas de cada texto, pues ello supondría relegar el sentido a un segundo plano, cuando lo que se pretende conseguir es que el alumno y la alumna entiendan cómo las diversas formas de pensar y de sentir plasmadas en las obras literarias tienen su origen en unas circunstancias particulares. La historicidad aparece así como urdimbre de lo cotidiano.
5. Estudio interdisciplinar de los distintos textos. Puesto que como hemos señalado antes la literatura no presenta una entidad formal consistente, hay que abordarla desde coordenadas diversas que nos ayuden a entender el arte como manifestación de unas inquietudes psicológicas y sociales muy concretas y no como un mero despliegue de artificios más o menos logrados formalmente. Es necesario, por tanto, que el profesor/profesora trate de evitar los planteamientos puramente filológicos o formalistas, ya que de otro modo corre el riesgo de relegar los aspectos estéticos de la obra literaria para atrincherarse detrás de un método riguroso en apariencia pero, a buen seguro, estéril para los alumnos y alumnas.
6. Estrategias comprehensivas en el estudio de los textos. Como ya hemos indicado, somos partidarios de un criterio temático a la hora de elegir y de cohesionar el trabajo con los textos. Se trata de vertebrar las diferentes obras o fragmentos estudiados en torno a experiencias culturales profundas y de gran relevancia en la historia de la humanidad. Ello facilita mucho el trabajo interdisciplinar ya que el amor, el heroísmo, la conciencia de la propia temporalidad, la vivencia del fracaso o el dolor de existir, constituyen núcleos esenciales alrededor de los cuales se articulan campos de estudio muy diferentes y cuya interrelación es necesaria a la vez que esclarecedora. Así pues, hay que tender a vincular textos diversos a partir de una misma experiencia o de un modelo cultural relevante más que por su pertenencia a épocas, géneros o estilos.
7. Desarrollo de la creatividad, entendida como productividad intertextual. Debemos valorar la capacidad de los alumnos y de las alumnas para transformar textos, pero no de manera mecánica sino con autenticidad pragmática, imaginando contextos o situaciones verosímiles, es decir, realizando esas transformaciones de acuerdo con alguna finalidad bien definida. No se tratará, por ejemplo, de cambiar los tiempos verbales sin más, sino de pensar en cómo el personaje contaría la historia a sus hijos cuando fuera viejo. O de pasar una narración al estilo dialogado, pero buscando previamente a un personaje interesante a quien se trate de convencer de algo con el relato. O bien de cambiar la identidad del hablante a la hora de expresar su visión de las vacaciones, del amor o de la guerra. Se trata, en suma, de dar autenticidad al ejercicio mediante diversas contextualizaciones imaginarias. También es necesario trabajar de este modo a partir de los textos de los propios alumnos y alumnas. A fin de cuentas, la creatividad consiste en usar y organizar de manera personal la información suministrada por otros.
8. Carácter significativo del aprendizaje. No es conveniente estudiar textos egregios o "clásicos" por sí mismos, sino obras de algún modo relevantes para los receptores. Así, los textos deben sintonizar con los conflictos e intereses de los alumnos y de las alumnas y deben entronar con sus conocimientos previos, enriqueciendo de algún modo su existencia. Estamos convencidos de que el/la alumno/alumna rechaza como inútiles aquellos conocimientos que no le sirven para entenderse mejor a sí mismo/a o el mundo que le rodea, por muy sencillos y claros que puedan ser, mientras que lo profundo es más fácil y más atractivo que lo superficial si resulta significativo. El/la profesor/profesora debe actuar, por tanto, como mediador/a o puente cognitivo que ayude al alumno y a la alumna a cohesionar y a hacer más compleja la red de conocimientos de que disponía antes.

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